Cada comienzo de año trae consigo una mezcla de expectativas, deseos y promesas. Hacemos listas, pensamos en cambios, soñamos con que “este año sí” será diferente. Y no está mal proyectar. El problema aparece cuando llenamos la agenda, pero dejamos a Dios fuera del centro.
La Biblia nos recuerda una verdad sencilla pero profunda: “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:6, RVR1960). No dice en algunos caminos, ni solo en los importantes, sino en todos. Comenzar el año con Dios no se trata de agregar una oración rápida a nuestros planes, sino de permitir que Él ordene el corazón antes de ordenar la vida.
Muchas veces empezamos enero con metas económicas, laborales o personales, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos: ¿cómo está mi relación con Dios? ¿Qué lugar ocupa en mis decisiones diarias? Jesús fue muy claro cuando dijo: “Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (Mateo 6:33, RVC). El orden no es un detalle menor: primero el Reino, después lo demás.
Alinear el corazón implica sincerarnos delante de Dios. No hace falta usar palabras religiosas ni fórmulas especiales. Hace falta verdad. El salmista oraba así: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos” (Salmos 139:23, RVR1960). Esa es una oración valiente para comenzar el año, porque abre la puerta a que Dios muestre qué cosas necesitan ser ajustadas.
Tal vez este año no necesitamos hacer más, sino ser más conscientes de la presencia de Dios en lo cotidiano. En el trabajo, en la familia, en las decisiones pequeñas. Pablo escribe: “Por lo tanto, ya sea que coman o beban, o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31, NVI). Cuando el corazón está alineado, incluso lo simple se vuelve espiritual.
Comenzar el año con Dios también nos libera de una carga pesada: creer que todo depende de nosotros. El Señor nos invita a confiar: “Encomienda al Señor tu camino; confía en él, y él actuará” (Salmos 37:5, NVI). No es pasividad, es descanso. No es dejar de esforzarnos, es dejar de vivir angustiados.
Como pastor, he visto a muchas personas empezar el año con grandes expectativas y terminarlo agotadas y frustradas. No porque Dios falló, sino porque nunca le entregaron realmente el control. Este año puede ser distinto. No porque todo salga perfecto, sino porque el corazón esté en el lugar correcto.
Que este inicio de año no sea solo una lista de metas, sino una decisión profunda: caminar con Dios, escuchar su voz y permitir que Él marque el rumbo. Cuando el corazón se alinea, el camino, tarde o temprano, también lo hace.