La fe no se siente, se decide.

Hay días en los que orás y parece que el cielo está cerrado. Días en los que no sentís ganas de leer la Biblia, ni de cantar, ni de ir a la iglesia. Días en los que la fe parece un eco lejano.
Y sin embargo, es en esos días donde la fe se vuelve más real, porque la fe no se basa en lo que sentimos, sino en lo que decidimos creer.

Vivimos en una cultura donde todo pasa por la emoción: “Si lo siento, lo hago; si no, lo dejo”. Pero el camino de la fe es diferente.
Caminar con Dios muchas veces implica avanzar incluso cuando no hay emoción, solo convicción.

“Porque por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7, RVR1960).

Caminar por fe es elegir confiar en la promesa de Dios aun cuando la emoción no acompaña.

Creer cuando el corazón no acompaña

David, en los Salmos, fue un ejemplo de honestidad emocional.
A veces gritaba su dolor:

“¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?” (Salmo 13:1, NVI).

Pero al final de ese mismo Salmo decía:

“Pero yo confío en tu gran amor; mi corazón se alegra en tu salvación” (Salmo 13:5, NVI).

David no negaba lo que sentía, pero decidía confiar. Su fe no dependía de cómo se sentía, sino de quién era Dios.

La fe no es un sentimiento, es una decisión

La fe se parece mucho a un voto de confianza. No siempre tenemos pruebas, ni certezas, ni respuestas inmediatas. Pero elegimos decir: “Señor, confío en vos igual”.
En Hebreos 11 encontramos una lista de personas que decidieron creer sin ver: Abraham, Moisés, Noé, Sara… ninguno de ellos tenía todas las respuestas, pero todos tenían una decisión firme.

“La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1, RVR1960).

Esa convicción es una elección diaria. La fe se renueva cada mañana, no por impulso, sino por compromiso.

Cuando no sentís a Dios, Él sigue ahí

Quizás estás en una etapa en la que orás y no sentís nada. No confundas silencio con ausencia.
Dios no se fue. Solo está trabajando en silencio, como un artesano que moldea sin hacer ruido.

“Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20, RVR1960).

Aun cuando no sentís Su presencia, Su promesa sigue firme. Él no necesita que lo sientas para obrar; necesita que confíes.

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